Más Que Un Simple Papel

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La educación ha sido la única constante en la dura e impredecible vida de Leticia Romo Bueno, galardonada con la Medalla del Rector.

Meten a empujones a Leticia Romo Bueno en una camioneta. La puerta se cierra de un golpe. En el interior hace calor y no hay luz. Allí sentada, Romo Bueno guarda un nervioso silencio. La camioneta comienza a moverse. Romo Bueno se golpea contra el metal cuando las llantas ruedan por la gravilla del acotamiento antes de incorporarse a la carretera pavimentada. El sutil ronroneo del ruido de la carretera inunda el pequeño espacio y, por un momento, calma el terror que Romo Bueno siente en su interior. Piensa en sus padres y se preocupa por la posibilidad de que nunca los vuelva a ver. Se sacrificaron mucho para conseguir que ella llegara hasta  aquí, tan cerca de la seguridad. En esta última etapa, la más difícil, debía ponerse en manos de los traficantes de personas, coloquialmente conocidos como «coyotes». La camioneta, y Romo Bueno, se dirigen a los Estados Unidos.

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Romo Bueno viene de un pueblito de pescadores en la costa oeste de México. Subsisten de la captura de mariscos, principalmente camarones y cangrejos, y la pesca. El trabajo es duro y las horas, interminables. El pago es mínimo y arbitrario. «Al final del día regresas con lo que has conseguido atrapar y a veces te pagan el precio completo, pero a veces solo te dan la mitad o incluso nada», explicó Romo Bueno. «Esas compañías básicamente te roban, pero uno tiene que sobrevivir, así que aceptas lo que te dan.»

Romo Bueno empezó a trabajar aproximadamente al mismo tiempo que comenzó la escuela. Tenía entonces seis años, e iba a clase antes de pasarse horas cavando para buscar almejas o revisando las trampas de redes para camarones. El horario no era fijo y para Romo Bueno el día a menudo empezaba a las tres de la madrugada. «El horario dependía en gran medida de las mareas», explicó. 

Siendo la mayor de tres hermanos, Romo Bueno también tenía la responsabilidad de cuidar a un hermano y una hermana menores que ella. «Me llevaba a mi hermano conmigo a la escuela», relató. «En aquel entonces solo era uno y mis padres no podían llevarlo con ellos al agua, así que iba conmigo. Creo que yo tenía ocho años.»

La escuela en aquel rincón del mundo donde estaba Romo Bueno era solo un cuarto. «Había unos 15 niños y una maestra», recordó. «Las maestras eran jóvenes y no les pagaban, así que no venían todos los días.» Puede que el sistema de educación fuera irregular, pero eso no significa que Romo Bueno y los demás no se lo tomaran con seriedad. «Mis padres siempre nos hicieron hincapié en el valor que tiene recibir una educación», dijo. «Ninguno de los dos fue a la universidad.»

Los cárteles de la droga llegaron hasta la comunidad de Romo Bueno. «Nuestro pueblito se convirtió en una especie de puerto para los cargamentos de droga», relató. Los pobladores a menudo eran forzados a trabajar para el cártel bajo amenaza de violencia. «Trataron de obligar a mi papá a llevar a Tijuana un cargamento de marihuana, pero él se negó», refirió Romo Bueno. «Lo amenazaron con hacerle daño a su familia.»

Romo Bueno y su familia huyeron, primero a Tijuana, donde estuvieron un año, y se establecieron definitivamente en California. El precio que cobran los coyotes es exorbitante y eso significa que la familia no podría viajar junta. El padre de Romo Bueno fue el primero, seguido por la madre. «Mi papá les dio [a los coyotes] la cantidad de dinero que habían acordado en un principio, pero después quisieron más», dijo Romo Bueno. «La retuvieron dos semanas hasta que la dejaron marcharse».

Los traficantes también mantuvieron cautiva a Romo Bueno durante dos semanas. Casi no dormía y le daban poca comida y poca agua. «Fue lo más aterrador que he vivido», afirmó. 

Arrojada a Una Nueva Vida

Romo Bueno calcula que en su pueblo vivían alrededor de 300 personas. Al ser un pueblo pequeño, las personas desarrollaron relaciones cercanas y se hicieron dependientes las unas de las otras. Eso era un problema. «Nuestro pueblo era tan pequeño que no adquirimos las habilidades sociales que hacen falta para vivir en un lugar más grande», explicó. 

La vida en los Estados Unidos resultó ser difícil, por lo menos al principio. «Estaba pasando por todo lo que implica la adolescencia, pero en un país diferente con un idioma diferente», contó Romo Bueno. «Es como volver a nacer, pero sin nada que lo facilita, como ocurre con los bebés, que primero aprenden a gatear y después a caminar. Uno sencillamente se ve arrojado a esta nueva vida.»

Ese primer año en los Estados Unidos, Romo Bueno y su familia vivieron con sus abuelos. Al cabo de ese año, los padres y hermanos de Romo Bueno se mudaron al norte, a Washington, en busca de trabajo, pero ella se quedó donde estaba. «Mi abuelo enfermó mucho así que me quedó con ellos para ayudar a mi abuelita a cuidarlo», detalló. Con el tiempo, los abuelos de Romo Bueno se trasladaron a una comunidad para personas mayores de 55 años. «No podía seguir viviendo con ellos y me fui a vivir con mi novio», relató.

El novio de Romo Bueno la separó de su familia. También la maltrataba físicamente. «Mis padres no tenían ni idea de lo que estaba pasando ni de dónde estaba yo o cómo buscarme», continuó diciendo. Su novio controlaba prácticamente todos los aspectos de la vida de Romo Bueno, inclusive adónde podía ir y con quién podía comunicarse. «Sin embargo, me dejó estudiar», afirmó Romo Bueno.

Leticia Romo Bueno, galardonada con la Medalla del Rector 2020 de la UW en Tacoma, ha sido admitida en el capítulo Pi Beta Pi de Alpha Phi Sigma, la sociedad nacional de honores de justicia criminal.

La escuela le dio la oportunidad de escapar, literalmente. Romo Bueno llevaba casi dos años sufriendo abusos a manos de su novio cuando logró aprovechar una oportunidad. «Un amigo sabía lo que me estaba pasando y me dio dinero para un pasaje de autobús», relató Romo Bueno. «Entonces, un día que mi novio me llevó a la escuela, cuando él se alejó me fui a la estación de autobús.»

Una Pausa en El Camino

Luchar forma parte de la vida de todos. Nadie llega hasta el final sin cierta dosis de dolor, decepción, contratiempos o fracasos. A estas alturas de la historia, Romo Bueno tiene 16, tal vez 17 años. Es tan joven y ya ha sufrido tanto. 

La historia de Romo Bueno es dura de contar por muchas razones. En primer lugar, existe el riesgo de caer en «pornografía del trauma», o de que se perciba como que se está utilizando la experiencia vivida por alguien para promocionar la universidad y su misión. En segundo lugar, este artículo relativamente corto no alcanza ni siquiera a esbozar a Romo Bueno como persona. Las circunstancias que se relatan aquí corresponden a los momentos más importantes que sirven para describir los obstáculos que tuvo que superar Romo Bueno para obtener una educación. Por último, todo en su conjunto es como demasiado. Sorprende pensar que una persona haya tenido que superar todo eso y más. Esto tiene un duro trasfondo, enraizado en una desigualdad que es una realidad para demasiadas personas. Esa desigualdad es constante, un goteo persistente que erosiona lentamente el suelo que uno pisa.

En el caso de Romo Bueno, la estabilidad era escurridiza y frágil en extremo, pero ella no dejó de intentar conseguirla. Después de irse de California, Romo Bueno se inscribió en la Escuela Preparatoria Kent Meridian. «Solo transfirieron mis créditos de primer año», recordó. «Tuve que tomar clases en línea, además de mis clases regulares, para ponerme al día.»

Romo Bueno siempre fue sobresaliente en el aula. Recibió la beca para estudiantes destacados «Junior Achiever» de la Fundación «College Success». La beca cubría el costo de la matrícula de la universidad que Romo Bueno escogiera. Aunque las cosas seguían siendo duras para ella, su vida era menos caótica e impredecible. Esta relativa tranquilidad no duró mucho.

El exnovio de Romo Bueno averiguó dónde vivía y condujo su automóvil desde California. «Intentó hacer que me fuera con él», dijo. La pareja tuvo una pelea y el hermano pequeño de Romo Bueno llamó a la policía. El exnovio fue arrestado y acabó pasando un año en prisión. 

Unos cuantos meses después, en el mes de marzo del último año de Romo Bueno en la preparatoria, Inmigración y Control de Aduanas detuvo a su padre. Posteriormente fue deportado de vuelta a México. Romo Bueno consiguió un trabajo de tiempo completo para ayudar a mantener a la familia. «Tuvimos que mandar a mis hermanos a vivir con familiares en California», relató. Romo Bueno y su madre se atrasaron en el pago del alquiler y fueron desalojadas de su apartamento. «Vivimos en la calle poco más de un mes, hasta que encontramos un estudio que podíamos pagar.»

La Primera de La Familia

Romo Bueno pospuso su ida a la universidad. Había facturas que pagar y, siendo la mayor, esa carga recayó sobre ella. Sin embargo, se inscribió a tiempo parcial en el Bellevue College, aunque después tuvo que retirarse. «Estaba embarazada y en el segundo trimestre surgieron complicaciones y mi embarazó se calificó de muy alto riesgo», explicó.

Pasaron varios años antes de que Romo Bueno volviera a intentarlo. Esta vez se inscribió en el Green River College. Quedó embarazada de su segundo hijo, pero pudo continuar su educación. «De hecho, se me presentó el parto durante la ceremonia de graduación», recordó Romo Bueno. Cabe destacar que para ese momento Romo Bueno y toda su familia habían adquirido la condición de residentes. «Mis padres realmente querían verme allí arriba en ese estrado, así que decidí quedarme allí».

Romo Bueno se transfirió a la Universidad de Washington en Tacoma para obtener un título en justicia criminal. Hubo frenadas y arranques a lo largo del camino. «A mi hijo le diagnosticaron un trastorno del espectro autista cuando tenía tres años y mi hija tiene un trastorno genético raro llamado Síndrome de Cohen», explicó. Para Romo Bueno, eso implicó hacer pausas en sus estudios para cuidar a sus hijos o llevar a sus clases a uno de ellos o a los dos cuando no podría encontrar a nadie que los pudiera cuidar bien. «A mi hija le hicieron cuatro cirugías durante el tiempo que estuve estudiando en la UW en Tacoma», dijo. «Vivíamos en el hospital durante semanas y yo conducía todos los días desde el Hospital de Niños de Seattle para ir a clases.»

Al finalizar del trimestre académico de primavera de 2020, Roma Bueno se convierte en la primera persona de su clan familiar –tías, tíos, primos– que se gradúa en una universidad. El logro siempre es motivo de aplausos y celebración.  Terminar la universidad no es fácil y es justo decir que el camino de Romo Bueno tuvo unos cuantos obstáculos más. Romo Bueno no sabe qué será lo siguiente. Desea estudiar un posgrado, con el tiempo. Por ahora, le gustaría trabajar con niños en situación de acogida. «Quiero tener un impacto en la juventud o las comunidades desfavorecidas», declaró.

Podría seguir escribiendo, pero quiero terminar citando las palabras de Romo Bueno. Después de todo, este es su momento.

«Si alguna vez tuve algo, fueron los estudios. Son lo único que siempre ha sido una constante. Y me abrió muchísimas puertas. No puedo ni comenzar a expresar la gran diferencia que supuso en mi vida. Es decir, si no hubiera sido por la beca y los premios que recibí a lo largo del camino, si no hubiera tenido esa motivación, no sé dónde estaría. 

Es casi como que todo lo que hemos hecho para llegar hasta aquí, ha sido con la esperanza de completar nuestros estudios, recibir una educación. Es como ese sueño que te venden de que si te gradúas, las cosas irán mejor. Estoy completando mis estudios para que las cosas mejoren. Pueden quitarme todo lo demás, pero no pueden quitarme mi educación. Aquí está y es mía. Especialmente con la vida que llevo, en la que no tengo nada que sea para mí. Todo es de mis hijos. Yo les pertenezco. Ellos son todo lo que tengo. Y mi educación, esa es mía.»

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Written by: 
Eric Wilson-Edge / June 19, 2020
Photos by: 
Leticia Romo Bueno & Megan Kitagawa
Media contact: 

John Burkhardt, UW Tacoma Communications, 253-692-4536 or johnbjr@uw.edu